España

Historias del confinamiento. La compra.


El coronavirus ha convertido cada tarea que tenemos que realizar en algo nuevo. Incluso alguna de estas tareas se convierte casi en una aventura.

Por ejemplo ir a hacer la compra.

La primera premisa es que como cada vez que se sale de casa, asumes un riesgo, hay que intentar salir de casa lo menos posible.

Es decir nos vemos obligados a hacer compras más grandes ( aunque este es un precepto que no sigue todo el mundo, a algunos de repente les gusta bajar a comprar hasta tres veces al día).

Eso complica la logística, ya que hay que transportar más material, e incluso provoca una especie de competición por ver quién sale de casa, quien tiene ese privilegio.

Por no hablar de las precauciones que han convertido esta sencilla tarea en algo que roza lo surrealista.

Sales de casa, te pones tus guantes, te ajustas la mascarilla 😷, y sales, al principio vas contento, estás por fin en la calle, pero rápido cambia tu percepción, el ambiente es triste y se nota el miedo y la preocupación, así que piensas “con lo bien que estaba yo en casa”.

Aún así sigues, llegas al supermercado, por lo que se ve el 80% al Mercadona, el 20 % a otras cadenas, algo sin duda digno de estudio.

Entras, te pones encima de tus guantes otros guantes, desinfectas el mango del carro, todo esto haciendo cálculos en modo GPS para no acercarte a nadie.

Mientras no se demuestre lo contrario, todos somos sospechosos de tener Coronavirus. Así que a aplicar la distancia de seguridad.

Y te adentras en los pasillos, lo primero que se percibe es el silencio, o más bien el poco nivel de ruido, no es fácil hablar con la mascarilla y el ánimo no está para tertulias, así que se oyen incluso los pitidos de los productos al ser pasados por caja.

Dentro del supermercado y por muy buena que sea tu capacidad GPS es imposible, absolutamente mantener los dos metros de separación, pero si hay pasillos que no tienen esos dos metros. Alguién debería desarrollar un algoritmo para que la gente en el súper no se cruce, seguro que googlee lo sabe hacer.

Así que cada vez que en uno de esos estrechos pasillos te cruzas con alguién, se establece primero una mirada 👀, para intentar saber y fijar hacia qué lado va cada uno, y después con mucha precaución,el que la tiene, se produce el inevitable cruce , saltándose en ese justo momento una de las miles de prohibiciones/ recomendaciones que no han puesto.

Tener tanto cuidado es simplemente agotador, sobre todo a nivel mental.

Dada la complicación del proceso de compra procuras hacerlo rápido, pues flota en el aire la sensación de incomodidad, de estar expuesto y porque no decirlo cierto miedo, que hace que no estes a gusto.

Llegas a caja, intentas sonreír a la cajera por debajo de la mascarilla y ser amable, pero con eso en la cara es casi imposible crear algo de empatía y amabilidad. Pagas y te vas.

Pero no, aquí no ha acabado todo, toca llegar a casa, dejar los zapatos fuera, procurar no tocar nada, desinfectar lo que has traído, cambiarte de ropa e incluso darte una ducha.

Durante un rato estás en modo paranoico, recordando todos los pasos que has de dar, para evitar algún problema. Seguro que hay casas que han establecido un protocolo para estos casos.

Y en ese momento si, cuando ya das por terminado el proceso, tu cabeza consigue descansar de una tarea, que como todas se ha convertido en algo extrañísimo.

Porque todo estás semanas, todo es extraño.

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