España

9 días de encierro. Coronavirus.


Hoy es domingo, en circunstancias normales hoy estaría a punto de tomar la salida de la media maratón de León, rodeado de gente, nervioso.

Le habría dado un abrazo a la Gacela, que previamente me habría colocado el dorsal siguiendo lo que ya se ha convertido en una tradición en nuestras carreras.

Pero las circunstancias no son normales, sino más bien todo lo contrario.

Estoy en casa y no saldré hasta mañana para ir a trabajar.

El día a día en casa se hace duro, pero nada que no pueda soportarse, leer, jugar con el enano, moverse un poco, y el día ya paso. A por otro.

Sin embargo el problema no está en casa y en el encierro, sino en el motivo del mismo. En el miedo que nos provoca que algo que no se ve, pueda hacernos enfermar.

El viernes fui a comprar y volví a casa tocado, las calles desiertas, el ruido del silencio, si del silencio. En un semáforo en rojo, baje la ventanilla, y no se escuchaba absolutamente nada, solo el motor al ralentí de mi coche.

En el supermercado el 80% con mascarillas, unos alejándonos de los otros, los pasillos de los supermercados no están diseñados para que nos apartemos, así que hay hacer continuos cambios de recorrido. Casi hay que hacer piruetas.

Gente mirándose con miedo, estanterías vacías, gente sin prisa, si, sin prisa, nunca lo había visto así.

Y otra vez el silencio, ninguna conversación, solo los pitidos de los productos al pasar por caja, y las palabras con el cajero que te cobra. Otra vez un silencio sobre cogedor.

Ayer sábado bajé a tirar la basura, a 10 metros de casa, otra vez silencio, esta vez además me crucé con una patrulla del ejército, y choca, te hace darte cuenta de la situación en la que nos encontramos.

Todo son pequeños golpes de realidad, en un mundo de falsa seguridad que nos rodeaba.

Y eso si al volver a casa decidí romper el silencio, me crucé con una señora, que no conocía de nada, y a los 2 metros de distancia le dije “ buenos días”.

Ella se paró, me miró y pregunto, ¿ te conozco?, yo le contesté, “ no pero necesitaba ser amable con alguién, hablar con alguién ”.

“Gracias hijo, esperemos que esto se pase pronto”, y ahí se acabó nuestra conversación.

Pero llegue a casa con otro animo, y con una pequeña sonrisa.

Alguien me había dado las gracias, y por lo menos durante dos segundos, recuperé el ser social que llevo dentro.

Deberíamos intentar ser amables y sonreír cada uno dentro de nuestras posibilidades, bastante duro es ya todo lo que está pasando, como para ir por la calle con la cabeza baja y cara de miedo.

Pongamos una sonrisa al miedo. De verdad que sienta muy bien.

Y cuando vayas a comprar, aún con mascarilla, sonríe y se amable sobre todo con los que están trabajando, para que nosotros podamos comer. De verdad es fácil.

A seguir.

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